tomas breton la dolores

28 de Agosto de 2017

Autor: Antonio Sánchez Portero

Tomás Bretón en Calatayud

En marzo de 1983 se estrenó en Madrid con gran éxito el drama “La Dolores” de Feliú y Codina. A esta representación asistió Tomás Bretón, quien impulsado por el españolismo que en esta obra se respira, por los personajes tan característicos de la tierra aragonesa, los cuadros llenos de vida y animación, y el tinte eminentemente dramático del que estaba impregnado este drama, el mismo día del estreno en Madrid –antes se había dado a conocer en Barcelona− concibió Bretón la idea de componer una ópera nacional, efectuando un nuevo esfuerzo en pro de la realización del sueño de toda su vida, que no era otro sino el de implantar la ópera nacional.

Bretón no era la primera vez que ponía música a una obra del autor catalán, pues siendo un principiante compuso la zarzuela en dos actos “El viaje por Europa”. Comenzó a trabajar con “La Dolores” en Astillero, Santander, donde trazó las líneas generales de la ópera y comenzó e inició la creación de la partitura. Pero cuando tuvo que tratar el tema de la jota, visitó Calatayud en circunstancias muy especiales (antes había estado en Zaragoza y en Fuentes de Ebro, con el mismo fin), para poder escuchar la jota en su propia salsa, es decir: en la calle, interpretada por una rondalla. Y lo que vio y oyó Bretón en la ciudad bilbilitana lo dejo maravillado (como veremos), encontrando motivos de inspiración para poder componer unas páginas magistrales.

Cuenta Darío Pérez en sus “MEMORIAS” que recibió una carta de Bretón diciéndole que deseaba ir a Calatayud de incógnito para escuchar la jota de una Rondalla en la calle. Y cuenta nuestro ilustre paisano:

     “Le prometí el secreto. No lo fue para mis íntimos, entre éstos el gran poeta de los cantares, Sixto Celorrio, y el famoso cantador Dámaso Salcedo. Convinimos que la noche del día que fuese Bretón saldría una ronda y cantaría Salcedo. Todo quedó bien preparado para la sorpresa. Llegó Bretón, cenamos con él tres o cuatro amigos, y, a media noche, salimos del hotel a recorrer las calles en busca de una ronda. Entramos en la plaza del Fuerte. La noche, plateada por clara luna, dormía en absoluto silencio. De pronto, lo rasga el sonar de las guitarras. Bretón se detiene. Escucha. ─¡Basta! ¡Esperad!−, nos dice extendiendo los brazos−, ¡Oh, la ronda!  Y enseguida, la voz limpia, robusta, de Salcedo, horadaba el denso silencio de la noche. La rondalla se internaba en las callejuelas y, nosotros, amparándonos en la sombra, detrás.

            ─¡Magnífico! ¡Sublime!− Repetía el maestro, que luego escribiría la famosa jota de “La Dolores”, una de las páginas más populares, inspirada en aquella inolvidable noche de Calatayud.   

opera de la dolores

En las incontables ocasiones que tuve que trasladarme a Madrid para llevar a cabo mi investigación sobre la Dolores, en varias ocasiones visité a un nieto de don Tomás, a don Joaquín  Hernández Bretón, quien me facilitó valiosísimos datos sobre su abuelo, muchos documentos, y el original de la caricatura que ilustra este artículo, la cual desde que se publicó en el libro “La Dolores en coplas, canciones y poemas”, la he visto reproducida en diversos medios. En una ocasión me mostró una colección  de fotogramas de la película “La Dolores” (1923) de Maximiliano Thous; y después que las hube visto, y las tenía él en sus manos, lo vi pensativo, y me comentó en voz alta: “─ Y con esto qué hago.” −E instantes después, añadió: “─ Toma.” – Y me las regaló. Son cerca de treinta fotos tamaño postal; un verdadero tesoro que guardo como oro en paño.

Fallecido don Joaquín, estuve con una de sus hijas en 2005, con motivo de la reposición de la ópera “La Dolores” en el Teatro Real.

Todo un éxito. Antes de pasar a ocupar mi localidad, un palco, colindante con el de respeto, compré un libro de cerca de  200 páginas, “La Dolores y Tomás Bretón”, magníficamente editado, con el libreto de la ópera y diversos artículos. Y para mi sorpresa, en un rápido examen comprobé, que mi nombre aparecía por algún sitio. Y cuando lo miré con detenimiento, mi sorpresa fue mayúscula, porque no solo mi nombre, sino algún artículo, referencias de mis libros, muchas páginas de ellos y media docena de fotografías. Y un servidor sin enterarse.

Cuando pedí explicaciones al director del Real, se disculpó, alegando que no habían tenido tiempo de avisarme; y en mano me entregaron todos los libros que pude llevarme, y me enviaron luego varias remesas por correo. Pregunté por él hace varios años, al acudir a la Biblioteca del Teatro para que me liquidaran algunos de mis libros que tenían en depósito. De mis libros no sabía nada el nuevo responsable de la Biblioteca. O sea: perdidos.  Los editados por El Real, estaban agotados. Y de los que tenía en mi poder, los he ido regalando y solo me queda uno.

El propio Bretón fue el autor del libreto, en el que, literariamente, creo que no estuvo muy afortunado, pero que no empaña la belleza de su música, que alcanza un nivel insuperable en la jota final del primer acto. Según José María Esparza y Sola (“Treinta años de CRÍTICA MUSICAL”, esta “hermosísima jota que se canta y se toca [y se baila] y cuyo ruidoso e indiscutible éxito, como oportunamente consignó un periódico de la época, ha sido una apoteosis, allí donde aún resuenan los ecos de los triunfos de Barbieri, Gaztambide y Oudrid, los padres de tantos cantos genuinamente nacionales, es una obra maestra. En ella, Bretón, ha derrochado los tesoros de su saber y los más ricos colores de su paleta, para realizar con una instrumentación tan vigorosa como magistralmente entendida y aplicada, y con novedades rítmicas de gran efecto, el tema eminentemente popular y aragonés, sin que por ello perdiera un momento el carácter típico y genuino de aquella tierra.”

Suscribo estas palabras y considero que esta composición es fiel reflejo de las mejores esencias aragonesas y una página maestra de la música española, que es capaz, hoy día, igual que siempre de polarizar el interés de los oyentes y obligarles a que su entusiasmo se desborde en unánime aclamación.

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