la dolores

1 de Agosto de 2017

Autor: Adriana Ruiz Trasobares

En el siglo XIX o te casabas o entrabas monja

“Bernarda tienes 21 años y todavía sin casar. O buscas hombre que te haga mujer de su casa, o te vas directa al Convento”.

Y así fue, yo que era la única dueña de mi misma, cogí mi orgullo, mi pequeña maleta y mi vestido de flores (el cual nunca volví a usar), y me marché al tren camino al Convento. No iba a permitir ser mujer de nadie, y en el convento, por muchas órdenes y horarios, la vida me la organizaba yo (risas). Y hasta día de hoy, así ha sido.

A fecha 17 de Agosto 1839, estoy en Calatayud con mi hábito negro y acompañada de la hermana Amalia (la pobre todavía tiene mucho que aprender de mí) disfrutando de los cotilleos de este pueblo y de su buen vino.

A la madre superiora le dije que nos íbamos al convento de Sevilla, que con estos calores necesitaban ayuda con los peregrinos que iban de paso, pero creo que no se lo creyó, desde que llegué al convento supo que yo no tengo vocación.

Y es que el día que bajo la atenta mirada de mis padres y mi hermana juré los votos eclesiásticos, la madre superiora supo que yo iba a ser una monja diferente, que entrar al convento no me impediría conocer mundo y vivir.

Y es que cuando entrabas en el convento tenías que aceptar cuatro votos fundamentales que regían la vida religiosa: pobreza, castidad, obediencia y clausura (en algunos casos).

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Algunas religiosas no aceptaban estos votos  y  la vida en el convento, y terminaban saliendo de él. Uno de los casos más conocidos fue el de la la monja Martina Catalina de Barzallo, quien interpuso una demanda por nulidad de profesión y hábito, al sentir que esa no era su vocación ni el tipo de vida que deseaba. Pero esta decisión no era tan simple, y sobre todo en la sociedad del siglo XIX no estaba bien visto, siendo reprimida con severos castigos por su desobediencia y rechazo a lo que en un principio era un honor para su familia.

La vida conventual era considerada como un recurso para garantizar la honra de las mujeres de la esfera criolla. Se trataba de una situación muy común en un espacio respetable para damas de elevada posición social, e incluso símbolo de status para sus familias. Pero es también cierto que muchas mujeres escogían el convento porque suponía un camino de escape a las restricciones de la sociedad patriarcal. Y es que en el siglo XIX, o te casabas o entrabas monja, lo de quedarte soltera y ser una mujer independiente, no estaba bien visto. Y este fue mi caso, ya que yo como mujer independiente no aceptaba la vida cautiva del hogar, y el claustro me ofrecía una liberación del mundo masculino.

Así que yo, Bernarda Pérez Hernández, nació mujer independiente, y morirá independiente. Descubriendo mundo y viviendo aventuras bajo un hábito que jamás le impidió ser ella misma.

*La madre Bernarda es un personaje de la obra teatral “El Diario de La Dolores“, que se estrenará el próximo 23 de septiembre de 2017 en Calatayud.

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